
Esa noche fui a verte, sólo a verte. Y llegaste, como siempre... tan distante. Me saludaste y cruzamos, como siempre, algunas palabras sin mayor importancia, los cigarros y el alcohol nos permitián actuar con cierta naturalidad, sabiendo que ya nada es natural entre nosotros.
Cuando alguien me hablaba no podía evitar mirarte, tu también a ratos estabas mirándome. No puse atención a nadie más. Las conversaciones del resto flotaban en el aire y a mí no me importaba nadie más que tú.
Dormí, hasta que te levantaste a cerrar la puerta. No supe nada de los demás. Volviste a la cama y sentí el peso de tus manos en mi cintura, suaves, lentas, sin urgencia.
Los minutos siguientes me dejé llevar, te besé suavemente, con los ojos entreabiertos. Nos acariciamos largamente. Sentía mis brazos pesados, cada movimiento tardaba más de lo habitual. Tocar tu cara era un ejercicio de precisión única. No dijiste nada, yo tampoco. Por miedo a que cualquier conversación me sacara de esa nube tibia y cómoda, me quedé en silencio...
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"Siniestro delirio amar a una sombra"
"La noche tiene la forma de un grito de lobo". A Pizarnik


